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Bitácora de Viaje a Tequisquiapan

ESCRITO POR ERIKA O. - ROTAMUNDOS. 25 DE FEBRERO DE 2021

TIEMPO
DE LECTURA:
7 MIN.

Un viaje es una puerta que lleva a nuevas experiencias, nuevos descubrimientos y a cada viaje nuevo que emprendes, empiezas a ver el mundo con otros ojos.

Como de costumbre, el punto de partida es Cholula. Salimos a las 8:45 con dirección a Tequisquiapan y eso nos quedaba a más o menos tres horas de distancia.

Saliendo de Cholula, agarramos periférico hacia México-Puebla y en un trayecto de menos de 40 minutos llegamos a la primera caseta San Martín Texmelucan que nos cobró un total de $42 pesos y un poco más adelante (menos de 30 minutos), llegamos a la segunda caseta Querétaro-Texmelucan, con un precio un poquito elevado de $400 pesos. Al pasar por la pluma, te dan un papel para que puedas pagar el paso en la tercera caseta. En cualquiera de estas casetas aceptan TAG, así que no fue necesario utilizar efectivo.

Cuando voy de copiloto, normalmente voy viendo el exterior, pongo atención a los detalles y trato siempre de memorizar lo más que pueda aunque con mi memoria selectiva (para no decir que tengo memoria de pez payaso) suelo olvidar mucha cosa a menos que me llame mucho la atención y así, hago que mis trayectos sean más “significativos” además de reconocer el camino si en dado caso me pierdo. En esta ocasión, no fue diferente.


El camino después de la segunda caseta es un poco vacío, sin muchas casas o pueblos. Aún así, debo decir que me resultó interesante ver a los borreguitos jugando y me reí al imaginar qué pasaría con el borreguito blanco que se metió a un poza de lodo. ¿Lo bañarían o se quedaría así?

Después de unos 35 minutos de carretera, llegamos a Palmilla, una tercera caseta.
Al llegar ahí, entregamos el ticket que nos dieron en la caseta anterior y pagamos $89 pesos; después de eso, en un trayecto no mayor a 40 minutos, llegamos a Tequisquiapan.
Durante todo el trayecto, perdimos la señal algunas cuantas veces, pero siempre que llegábamos a un pueblito, se nos restablecía la conexión.

La carretera termina como en la lateral del municipio y lo primero que se ve es el Parador Artesanal Luis Donaldo Colosio, un espacio gigantesco, lleno de puestos que venden artesanías y comida. La puerta principal del arco estaba cerrada y los puestos no parecían estar funcionando, supusimos que era por el periodo de COVID. - Más tarde descubrimos que por ser entre semana abren un poquito más tarde.

La ciudad es pequeña, con bastante negocios de todo tipo y tiene un aire un tanto de “pueblo pequeño”. Encantador, yo diría. Pasamos al hotel para dejar las cosas y dirigirnos al centro para conocer un poco más sobre el lugar. La señora del Hotel Elohim, que muy amablemente nos recibió ese día, nos contó un poco sobre los atractivos y actividades que podíamos realizar ahí cerca.
Nos contó sobre los viñedos, sobre los vuelos de globo y lo que más me llamó la atención, nos contó que en el centro, por donde está el Museo del Ferrocarril, aún se puede observar La Bestia, el tren que va en dirección a los Estados Unidos y que mucho inmigrante lo utiliza como medio de transporte. Ignorancia la mía el no saber que eso aún pasaba.

Accediendo por la calle Benito Juárez, íbamos en dirección al centro del municipio.
En este mismo camino, se divide en dos, haciendo un “Y” que es la Benito Juárez del lado izquierdo y la 5 de Mayo del lado derecho y justo en el medio, encuentras en péndulo que durante el gobierno de Venustiano Carranza en 1916, fue instalado para marcar “El centro geográfico del país”. Tiempos más tarde, se dijo que el centro geográfico del país no estaba ahí sino en Zacatecas. No sé decir si es ahí o no, pero lo que sí sé, es que hay un momento a ese hecho.

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Algunas cuadras adelante, llegamos al centro de Tequisquiapan y a mi parecer, las callecitas me resultaron encantadoras; me recordaron mucho a San Miguel de Allende, pero sin cerros.

En mi camino, pasé por la librería Rulfo, dedicada al escritor mexicano Juan Rulfo, que conserva en su interior muchos libros, incluso algunos de colección, con ejemplares de hasta 50 años, que también ofrece café para los que quieren ir a leer o pasar un rato entretenido y luego en frente, se encuentran el Mercado Artesanal y el mercado municipal.

Como estaba cerrado el Mercado Artesanal, opté por entrar al mercado municipal y para mi infortunio, muchos locales se encontraban cerrados. No sé si por el horario o por el tema de la contingencia. Pude apreciar unos cuantos locales de ropa, algunos de zapatos y algunos de comida y frutas, pero no había mucha cosa más por ahí y saliendo, di una vuelta por el zócalo, que está enorme.

Justo en frente de la Parroquia Santa María de la Asunción, muy conocida por salir en las fotos de las letras de Tequisquiapan; justo ahí en frente están los arcos, donde se puede encontrar un sin fin de tiendas y restaurantes.
Una de las cosas que me resultó muy placentera de este viaje, era que no había mucha gente en las calles, por lo tanto, podía disfrutar mejor sin la aglomeración. El lado negativo, es que no había mucha gente con quien platicar y preguntar y las pocas personas que pregunté, no parecían estar muy a gusto para responder mis preguntas, así que, seguí mi camino.


Quise entrar al Museo del Ópalo, que también se encontraba cerrado y después de muchas vueltas ahí por el centro y viendo lo que es más conocido, pasamos a callejonear por las calles que quedan a las orillas del centro.Vimos muchos otros locales de ropa, algunos cuantos de comida, compré unas fresas de un señor que vendía fresas a $20 pesos el kilo. ¡$20 pesos el kilo! Eso era casi casi gratis.


Mientras le compraba sus fresas, le comentaba que a mí me gusta comer las fresas con leche condensada y leche en polvo, eso con el afán de preguntarle más cosas al señor, pero creo que le agarré en un mal día y no me hizo mucho caso; con educación me dijo que “mucha gente lo come así con crema y azúcar”, me entregó mi cambio y mi bolsa de fresas, así que me fui.
Seguí callejoneando por el centro y me encontré con muchas calles bien bonitas, coloridas, empedradas, incluso una con lucecitas.

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Me imaginé que tal vez las hayan puesto por la navidad, pero en mi opinión, deberían conservarla así. Las que más me gustaron fueron las que están detrás de la parroquia y también, un pequeño callejón que empieza en los arcos y termina en la de Salvador Michaus, donde se encuentra la librería Rulfo.

El tiempo pasaba y cuando me di cuenta, ya estaba anocheciendo y para terminar mi dia, decidí comprar un café en una cafetería chiquita del centro y de ahí, me fui hacia el hotel donde descansaría para agarrar camino hacia Bernal el siguiente día.